
Jay o J. R., así le dice uno de sus mejores amigos, no es poseedor de un gran carísma, pero tiene la capacidad de incidir fuertemente en el humor de las personas que lo rodean solo con frotar la punta de su bigote. Un simple ademán, un gesto en el cual el dedo indice se embarca en las profundidades de sus fosas nazales en busca del urguento que junto con el pulgar, untaran en los pelos bajo ellas con un perfecto movimiento envolvente.
Ojala las palabras sobraran en su boca luego de acto semejante, pero increiblemente, lo acompañan con disgustante armonía.
Salutte Bigotter. Bis später.
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